Del comunicar, o de un saber mirar

13/04/2011 - Deja tu comentario

Voy a contaros una historia de microbios, aunque esto tampoco es del todo cierto. Ésta no es la típica historia del científico loco que hace mezcolanzas extrañas en probetas humeantes, porque tampoco habla de laboratorios.

Es una historia de mirar.

Antonie Van Leeuwenhoek nació en 1932 (no perdáis de vista la fecha) en Delft, Países Bajos. Con 16 años su madre lo mandó a Ámsterdam como aprendiz de un tratante de tejidos. Pocos años después regresó a Delft y montó su propio negocio de telas. Se trajo de Ámsterdam una lupa de tres aumentos que los comerciantes del textil utilizaban para inspeccionar los productos. Van Leeuwenhoek se fabricó una nueva lupa con muchos más aumentos para ver los tejidos con mayor precisión. Pero como era un tipo inquieto, curioso, empezó a mirar a través de su artilugio todo lo que se cruzaba en su camino, desde el agua que bebía hasta el más molesto insecto. Mirando, mirando, descubrió que en aquello que observase existían muchas pequeñas cosas móviles e invisibles al ojo humano, a los que dio en llamar animálculos.

Corría el año 1976 y

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un tratante de telas acababa de descubrir las moléculas. Y lo más admirable, lo más sorprendente es que Van Leeuwenhoek no era científico. Su descubrimiento fue fruto de su curiosidad, de su saber mirar. Ya veis, no hace falta SER, sólo MIRAR.

Hoy os recomiendo la columna de Rosa Montero que ha hecho que os cuente esta historia de microbios, pero que como habéis visto no es del todo cierto; el libro os lo recomienda ella.